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La envidia, un corrosivo sutil


27 Abr 2016

La envidia es una declaración de inferioridad.

Napoleón Bonaparte

 

Somos humanos, y en nuestra naturaleza existen múltiples fortalezas, pero también es una realidad que nuestras flaquezas son muchas, y reconocerlas no es ningún acto de debilidad, sino todo lo contrario, reconocer nuestros errores y limitaciones denota fortaleza de carácter.

Reconocernos falibles nos expone a ciertas inseguridades, nos hace darnos cuenta de lo que realmente somos y de lo que no somos también, para después fijarnos en lo que tenemos, no tenemos, o bien, aquello que nos gustaría tener. ¡Lo que nos gustaría tener! ¡Lo que nos gustaría ser!

Pocas veces vemos lo que ya tenemos o lo que ya somos, entonces volteamos a ver a los demás, para en primer lugar detectar aquello que ellos tienen o son y nosotros no.  Y lo que viene después, lo admitamos o no, en muchos casos es la envidia, “definida como la tristeza ante el bien ajeno, ese no poder soportar que al otro le vaya bien, ambicionar sus goces y posesiones, es también desear que el otro no disfrute de lo que tiene”[1].

Ocurre en todos lados, en los distintos ámbitos de nuestras vidas, y me atrevo a asegurar que ninguno de nosotros estamos exentos de haberla sentido alguna vez; realmente es algo muy humano, podríamos decir que es una debilidad, una tendencia, pero eso no significa que no la podamos evitar, y debemos hacerlo, ya que la envidia causa mucho daño, al que es objeto de ella, pero también lo hace a aquel que la siente.

Ocurre desde la niñez, aunque en esa etapa puede ser comprensible, porque siendo pequeños también somos egoístas, queremos tener todo, lo mejor, lo más bonito, y lo queremos para nosotros; sin embargo, poco a poco vamos aprendiendo a compartir, vamos, también, aprendiendo que no podemos tenerlo todo, y que poseer aquello que deseamos requiere esfuerzo; en otras palabras, la virtud comienza a hacer efecto en nosotros por medio de la educación, en primera instancia la de nuestros padres.

Nada de lo anterior resulta fácil, ser virtuoso no es fácil. Aprendemos a esforzarnos, a compartir, y en consecuencia deberíamos reconocer el valor que tienen las cosas, o aún más importante, el valor que tienen las personas y nosotros mismos. Pero, ¿aprendemos también a alegrarnos por aquello que los demás consiguen? ¡Qué difícil! ¿Recuerdan haber aprendido eso? Es un asunto que probablemente esté implícito en nuestra educación, que se desarrolla o debería desarrollarse en el proceso de adquisición de las demás virtudes, especialmente en la virtud de la generosidad, en ese saber despegarse de las cosas materiales, saber también desprenderse de las personas y, sobre todo, de uno mismo.  Ya que en “la generosidad yo gozo que el otro tenga, y por lo tanto soy más que mí.  Soy en ese gozo. En la envidia todo tiene que estar en mí para ser gozo.  Soy incapaz de gozarme en otro.”[2] Porque una persona generosa, sabe el valor de real de las cosas, sabe que lo material no es lo más importante, y conoce su condición pasajera y finita; y de igual manera conoce y reconoce el valor de las personas, del trabajo, del esfuerzo que supone adquirir ciertos privilegios, posiciones laborales, reconocimientos, y también, posesiones materiales.

Es una realidad, que esfuerzo no equivale a tener aquello que deseamos en todo momento, sabemos de muchos casos de personas que se esfuerzan y trabajan muy duro y sin embargo no poseen tanto, materialmente hablando.  Probablemente tenemos una concepción errónea de trabajo; nuestro obrar no debería ser únicamente para obtener riquezas materiales, sino que debería ser un medio de crecimiento personal, tanto nuestro como de aquellos que comparten nuestra labor diaria.

Y es esta falsa idea de trabajo, o más bien, la falsa idea de éxito, la que nos lleva de nuevo a la envidia; pasamos por encima de las personas, incluso por encima de nosotros mismos, ya que dejamos de ver lo que nosotros somos y tenemos, para ver únicamente aquello que el otro tiene y ha logrado, y hacemos daño: comenzamos a hablar mal, a perjudicar al otro de distintas maneras, porque no soportamos que el otro tenga aquello que yo no.  Pero de esto surge otra interrogante: ¿realmente no tenemos aquello que vemos en el otro? O bien, ¿será que lo tenemos pero ya no lo vemos?  Afirma Sócrates en El Filebo, de Platón, que el envidioso es un ignorante porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades.[3]  Por todo esto, por esa insatisfacción constante, por mirar hacia fuera en lugar de verse a sí mismo, “podemos aventurar que el envidioso es más desdichado que malo”. [4]  Definitivamente no es fácil vivir envidiando a los demás, ¿qué clase de vida es esa?

La envidia denota poco crecimiento interior, o como fuertemente afirmó Aristóteles en la Retórica: “La envidia es una emoción característica de personas de alma pequeña, amantes de la fama y de los honores”. Y tristemente de esas hay muchas y en todos lados: escuela, círculos de “amistades”, trabajo, etc.

Por otro lado, “hay gente que no tiene dinero para comer bien a la semana, pero conserva sus mejores trajes y un gran automóvil porque ésos son los elementos que despertarán envidia en los demás”[5], porque hoy parece ser más importante ser admirado por el tener que por el ser.  Todas esas cosas materiales se desgastan se acaban, en cambio los bienes inmateriales con el uso (contrario a lo material) crecen, se multiplican. Cierto es, que a la mayoría nos complace tener cosas “buenas”: un buen coche, una buena casa, ropa, zapatos, viajes, etc.  Pero también es cierto que no vale la pena dañar u ofender a otro por no soportar que el otro las tenga y yo no.

La propuesta es la siguiente: voltear la mirada a las cuestiones verdaderamente importantes, aquellas que tienen que ver con el ser, con el hacer; admirar cualidades y virtudes en el otro.  Escribe Fernando Savater:

La envidia que me han provocado los grandes escritores ha sido un motor  fundamental en mi vida. […] Pero siempre he tenido una envidia que carecía de mezquindad, nunca he pretendido que el talento de los otros se borrara.

En definitiva, admiramos con lo que hay de admirable en nosotros.  Nuestra parte admirable es la que admira a los demás.

Tenemos que ser agradecidos con o sublime.[6]

 

[1] Savater, F., Los siete pecados capitales. Ed. Debolsillo, 2006.
[2] Ibid., pág. 139
[3] http://bit.ly/1VCAIXv Obtenido el 19 de abril de 2016.
[4] Ibid., pág. 138
[5] Ibid., pág. 141
[6] Ibid., pág. 144

 Elsa Sepúlveda

Contador público. Cuenta con una Maestría en antropología y ética por el CPH, y Maestría en estudios humanísticos por el CPH. Actualmente es Profesora de ICAMI en Factor Humano y Ética en Región Norte.