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Mejores personas, mejores directivos. Así de simple. Así de difícil.

Profesional

Cincuenta y ocho años después de su fundación, el ICAMI sigue siendo lo que siempre fue: una institución que forma personas antes de formar directivos.
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Por Carlos Ruiz González

Carlos Ruiz González es Profesor Decano de Estrategia y Dirección en el IPADE, donde labora desde 1985 y ha desempeñado diversos cargos directivos. Es Profesor del Área de Operaciones del ICAMI desde 1979 y miembro del Consejo de Administración del ICAMI Centro.

Es Ingeniero Civil por la Universidad Iberoamericana, MEDE (MBA) por el IPADE y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra, España. Ha sido profesor invitado en instituciones de México y del extranjero, además de consultor y miembro de consejos de administración de diversas empresas y organizaciones.

Desde 2016 preside el Consejo Editorial de la revista “ISTMO” y desde 2004 escribe en “El Financiero” sobre estrategia y dirección. Es autor de “El quehacer del director” —en su décima reimpresión— y “La persona en la empresa y la empresa en la persona”.

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Corría 1979. Yo tenía 25 años, recién egresado de la maestría, con más entusiasmo que experiencia y con la certeza —propia de la juventud— de que el mundo estaba esperando mis aportaciones. Fue entonces cuando Ángel Fernández Gamero, en aquella época Director de Desarrollo Académico del ICAMI (y por ello, reclutador de profesores), me invitó a ser monitor de arranque en uno de sus programas. Siempre le estaré muy agradecido.

No exagero si digo que aquella invitación cambió el rumbo de mi vida profesional. Ahí aprendí la importancia de tomarse en serio la formación y el aprendizaje: con un sentido práctico, sí, pero también intenso y muy serio. Y tuve la fortuna de conocer a profesores extraordinarios —hombres con enorme experiencia y vocación genuina por enseñar: Fernando Bun, Luis Velasco, Arturo Vaca, Luis Alberto del Río y el propio Ángel. Todos se volvieron amigos entrañables con el tiempo. Todos dejaron huella.

Fue ahí donde encontré mi vocación: la enseñanza, la capacitación, la formación. Lo que desde entonces ha sido el centro de mi vida profesional.

El ICAMI me enseñó algo que ningún libro me habría podido enseñar de la misma manera: que formar directivos no es transmitir conocimientos. Es transformar personas.

Han pasado cuarenta y siete años. El ICAMI sigue siendo una gran institución. Y sigue siendo, en esencia, lo que siempre fue.

“La formación no cambia lo que una persona sabe. Cambia lo que una persona es.”

— Carlos Llano Cifuentes

¿Qué hace al ICAMI diferente?

No es una pregunta retórica. Es una que me he hecho muchas veces a lo largo de los años, y a la que creo tener una respuesta razonablemente clara.

Primero: la apuesta por los mandos intermedios.

Desde su fundación en 1968 — vinculado al IPADE desde ese momento — el ICAMI identificó un segmento que las grandes escuelas de negocios con frecuencia ignoran: los gerentes, jefes y supervisores. Los mandos intermedios. Los que no están en el consejo de administración ni en la primera línea operativa, sino en ese espacio crucial donde las decisiones estratégicas se convierten — o no — en resultados reales. Sin mandos intermedios bien formados, la mejor estrategia del mundo se diluye en el camino. El ICAMI lo entendió desde el principio, y lleva casi seis décadas apostando por ello.

“No hay nada más triste que ver a alguien haciendo muy eficientemente… aquello que no debería estar haciendo.”

— Peter Drucker

Segundo: el Método del Caso.

La misma metodología que usa el IPADE — y las mejores escuelas de negocios del mundo. No se trata de enseñar con libros ni con generalizaciones teorizantes. Se trata de discutir colectivamente la situación real de una empresa concreta, en un momento dado, con toda su complejidad y sus dilemas. El participante no es receptor pasivo de información — es protagonista activo de la discusión. Aprende haciendo. Aprende equivocándose. Aprende escuchando a quien ya vivió lo que él está a punto de enfrentar. Hay una razón por la que este método produce directivos y no solo personas bien informadas: porque el juicio no se enseña, se desarrolla. Y se desarrolla en la discusión, no en la lectura.

Aquí va el toque de humor que merece cualquier reflexión sobre el método del caso: más de un participante ha llegado a la primera sesión con la esperanza de que le den el “manual de respuestas correctas”. Nadie se lo da. Porque no existe. Y esa incomodidad inicial — ese momento en que uno se da cuenta de que tendrá que pensar de verdad — es, precisamente, el primer aprendizaje.

Tercero: los profesores.

En el ICAMI, los profesores no son académicos de torre de marfil. Son ejecutivos y directivos con experiencia real. Gente que ha tomado decisiones difíciles, que ha cometido errores y aprendido de ellos, que conoce la diferencia entre la teoría bien formulada y la realidad mal resuelta. Como aquellos maestros que conocí en 1979 y que me marcaron para siempre. La mejor pedagogía no es la que explica bien — es la que encarna lo que enseña.

Cuarto: la formación integral.

El ICAMI no forma solo competencias técnicas. Forma personas. Su mapa de competencias incluye liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, toma de decisiones, autoconocimiento — y algo que pocos programas de formación directiva se atreven a incluir de forma explícita: la armonía entre trabajo y familia. Porque el ICAMI parte de una convicción que comparto profundamente: un directivo que no logra integrar su vida profesional y su vida personal no es un directivo completo. Es, en el mejor de los casos, un directivo eficiente. Y la eficiencia sin plenitud es una victoria a medias.

“Mejores personas, mejores resultados.”

— Lema del ICAMI

Cuarenta y seis años después de aquella primera experiencia como monitor, sigo creyendo que Ángel Fernández Gamero me hizo el mejor favor profesional de mi vida. No porque me diera un trabajo. Sino porque me mostró lo que podía hacer con el resto de mi vida.

Eso es lo que hace el ICAMI.

Que no es poco.

Cuatro ideas centrales

  1. El mando intermedio es el eslabón más crítico — y más descuidado — de cualquier organización. Formarlo bien no es un gasto: es la inversión con mayor retorno real.
  2. El Método del Caso no enseña respuestas. Desarrolla el criterio para encontrarlas. Y el criterio es exactamente lo que más escasea en el mundo directivo actual.
  3. Un buen profesor no es el que más sabe. Es el que más ha vivido lo que enseña — y tiene la humildad de compartirlo con honestidad.
  4. Formar personas íntegras no es un lujo humanista. Es la condición más práctica y más duradera para construir organizaciones que realmente funcionen.

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  • Profesor Decano del Área de Política de Empresa (Estrategia y Dirección) en el IPADE.
    Profesor del Área de Operaciones del ICAMI
    Miembro del Consejo Superior del ICAMi Centro
    Presidente del Consejo Editorial de la revista ISTMO.

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